no podía dormir esa noche.
Estaba hiperactiva: perdió la esperanza de que fuera sólo por un rato. La noche sería larga.
Prendía su lámpara de mesa a cada rato, sin saber muy bien para qué, y prendía la radio.
Sentada perpendicularmente a su colchón, miraba a su alrededor, buscando algo que se moviera. De ahí la curiosidad con la que observaba su propia sombra: más grande que ella, y tan grande que parecía no imitarla del todo, por sus movimientos aparentemente retrasados.
Y a veces también se asomaba a su espejo. Al verse a sí misma invertida, se sentía como si fuera la única cosa activa a esas horas.
Pero entonces trataba de prestarle atención de vez en cuando a lo que se oía en la radio. Siempre pasan música extraña en la noche, música clásica que nadie conoce. Pero esto cuando menos hacía sentir un poquito acompañada a la chica, además de que gozaba de este extravagante arte.
"Acompañada", la hacía pensar, o más bien preguntarse, quién más aparte de ella estaba despierto; tal vez pensando en su cama rodeado de oscuridad, o haciendo cosas sin importancia.
Primero descartaba a su familia, bien dormida. Luego pensaba en sus vecinos, los cuales no le interesaban mucho. También pensaba en sus otros familiares, pero de ahí se pasaba a lo más interesante: sus amigos.
Ojalá supiera qué estarían haciendo en ese momento. Y así, en definitiva, dejaría de sentirse sola, e incluso lo tomaría como una comprensión.
Deseó comunicarse con ellos... sí, sería interesante conversar a la medianoche; un mundo diferente a cuando los acompaña el sol.
Pero, para qué preguntarse por sus amigos, si no movería ni un dedo para hablar con ellos en ese momento.
Y automáticamente, volvió a observar su cuarto. Le prestaba tanta atención a lo inmóvil, que por brevedades parecía volverse móvil, y esto le causaba cierto estremecimiento a la chica.
Pero, ¿por qué no olvidar todo, y convertirse al mundo de lo inmóvil, cuando menos hasta el amanecer?
hola diana
ResponderEliminar