Renunciamos de repente.
A nuestros abrazos,
nuestros besos,
renuncié a esa mirada tuya,
tan oscura, grande y fija
que me hacía tan tuya
y que sólo para mí la quería.
La misma boca,
los mismos brazos
y la misma mirada
dedicarás a otra persona y la deleitarás,
como si nunca me hubieran pertenecido,
como si nunca me hubieras encantado,
como si nunca me hubieras hecho perder la razón
para dejarme llevar por la pasión
tan deliberadamente.
Te vas como intacto,
o al menos así te veo,
¿será que no te dolió tanto,
o que lo escondes tan bien?
Sabía que era mejor no soñar,
pero en el fondo nunca quería dejarte.
Siempre temí que termináramos como un viejo amor,
uno más que se empolvara con el tiempo
y se borrara poco a poco,
hasta ser casi invisible.
No,
no quiero otro enamoramiento,
te quiero a ti...
¡Ah, qué pensamiento!
¡Qué cruel soy conmigo misma!
Pero el tiempo también empolva los viejos dolores
y a veces hasta los ridiculiza.
Y sólo lo que valga la pena, se quedará.
El alivio tarde o temprano llega...
(no tan tarde, yo espero).
No hay comentarios:
Publicar un comentario