Con las nubes ocultándote la hora, admiras la belleza peculiar que las cosas adoptan bajo una iluminación menos escandalosa.
A falta de un indicador del tiempo tan evidente como el sol, es como si la Tierra girara mucho más lento, y tus sentidos se intensifican (tal vez también se vuelven más lentos). Entonces encuentras deleite en todas partes; te fijas en una hoja de periódico tratando de escaparse, los movimientos hipnotizantes de los adornos vegetales de las casas, las sombras que aparecen y desaparecen...
Y qué mejor que complementar ese deleite con la dulce sensación abrigadora de un buen café caliente.
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