Para promesas de un festivo día siguiente
me gusta la lluvia que madruga
pues parece que son los postes de luz
los que riegan las calles con luz atomizada.
Una lluvia ligera difumina el silencio
de las horas más solitarias de la noche,
saca brillo y define los contornos
de los materiales más oscuros.
Inventa en hojas y ventanas
fantasías de luces minúsculas,
indiferentes a la ausencia del gran faro diurno,
en su tardanza celebrando y contemplando
la risueña ocupación de la madrugada.
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