Al sinuoso camino,
que gusta del suave pasar de unas diez huellas,
más aquellas que van dejando los suaves pellizcos de la lluvia
conforme avanza sobre el terreno color rubor.
Al puente dorado,
pasando las colinas.
Al cruzarlo escucharás mejor el canto,
hasta confundirlo con la cálida brisa y el eco de tus propias pisadas.
A probar las rosas,
después del puente dorado.
Empañadas con el rocío de tus labios,
nunca las querrás dejar,
encontrarás en ellas el estupefaciente que anhelas sin querer.
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