Haz de cuenta, me meto a una caja rectangular con paredes gruesas de acrílico.
Hay dos manivelas, dispuestas de manera misteriosa como dos mariposas negras esperando a que algo las perturbe para conmocionarnos con su histérico, grotesco vuelo.
Si sólo giras la de la izquierda, yo te puedo contar: he emitido un gran grito de sorpresa, mi cuerpo se vacía, se apaga y se endurece. Parece que te estuviera narrando una especie de muerte, pero son más bien unos cuantos segundos en los que la conciencia se revienta como un cristal; un ente estruendoso sin motivo sentimental, sino primitivo, cuya entrada pareciera tener un sentido jubiloso, y en realidad se filtra un diablillo que puede dejarte en completa vulnerabilidad con una simple cachetada.
Si sólo giras la de la derecha, la sensación es al menos para mí, un poco más molesta que la otra. Aquí el grito es más bien de dolor, mi conciencia se derrite y es como un gran charco gris en el que se depositan los remanentes de mis pensamientos positivos, convertidos en lodo maloliente, se me cierran los ojos como por una fuerza solar asfixiante y me resulta más difícil e incómodo salir de este aprieto.
Ahora, si giras la primera manivela, llamada "efe", y después la segunda, llamada "ce", un grupo de varias gotas de agua caen simultáneamente, como una ola de grillitos transparentes, una entrada de trompetas y violines distinta para cada hora del día, como en la rutina de un rey, y ahora sí, en esta tibia bienvenida puedes iniciar tu propia etapa de limpieza y meditación.
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