Leer tu nombre, pronunciarlo en una noche lluviosa,
como sea, tu nombre retumba con su acento en mi corazón recién herido por otras almas,
y recorre todo mi cuerpo como la primera gota de lluvia que cae sobre mi párpado distraído, retumba en este cuerpo que anhela tenerte cerca.
Tan cercano tu nombre, y tú tan lejano, tan ausente. Tan sólo tengo tu recuerdo,
tan vulnerable al olvido, tan desgastado por el tiempo.
Tu nombre es sólo una fantasía, y no me contentaré hasta volver a ver la noche redonda de tus ojos, tu expresión serena como una espiga suspendida en una lenta danza dorada.
Y tu alegría, dulce como un cuento infantil.
Ah, estiro mi brazo como si desde lejos pudiera acariciar tu mejilla.
Tu nombre estalla en mi mirada y dibuja en ella un lucero nostálgico y melancólico,
y mis ojos son como un faro solitario buscándote en las cortinas, en la ventana quebrada, en la lejana nube... en la luna que cuelga de un reloj de cuerda.
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